Un borrador
Un texto mediocre para superar el bloqueo creativo
Me instalé definitivamente en mi nueva casa el viernes de hace dos semanas. La mudanza fue mucho menos tediosa que el proceso de búsqueda de un piso de condiciones aceptables, precio asequible y en mi zona de preferencia: Carabanchel. Ahora comparto piso con tres personas, bastante majas, todo hay que decirlo. En principio todo parecía ir sobre ruedas, salvo por ciertos inconvenientes puramente logísticos —si es que existen otro tipo de inconvenientes en una mudanza—.
Desde mi antigua casa, para llegar a la oficina me cogía el bus E1 que me dejaba en Atocha en tres paradas. Ahí cogía el tren de las 7:10 en dirección a la estación de Ramón y Cajal. Desde mi nueva casa, tengo dos opciones: coger el bus 34 o el 55, ambos paran quince veces antes de llegar a Atocha. Doce paradas más que el E1. Esto hace que a las 6:15 tenga que levantarme, sin una mínima oportunidad de remolonear unos minutos en la cama. Pero este texto no va sobre mis nuevas rutinas, si no sobre un suceso extraño que me ocurrió la semana pasada, desde el momento en el que me mudé a mi casa de Vistalegre.
El lunes me levanté a las 6:15. Mi habitación está al lado del cuarto de baño, lo que hace que mi rutina mañanera sea más eficiente. Salí de la cama, cogí mi ropa —que había dejado preparada la noche anterior— y me metí en el baño. Me di una ducha rápida —a las 6:19 ya estaba frente al espejo echándome crema hidratante—. Cuando terminé de acicalarme (i love this word!), entré a mi habitación, estiré las sábanas y el nórdico, me puse las zapatillas, cogí mi mochila y me fui hacia la cocina. Cogí de la nevera el tupper que me había preparado, lo metí en mi mochila y salí de casa. Eran las 6:31. Con ayuda del Google Maps —todavía no me orientaba en las calles de mi nuevo barrio— llegué a la parada del 55. Esperé el bus en torno a 7 minutos. Iba a llegar tarde, lo sabía.
Cuando llegué a Atocha, sobre las 7:16 no había ni siquiera información sobre el siguiente tren. Acabó pasando a las 7:31. El tren iba abarrotado de gente que fue abandonándolo progresivamente entre Recoletos y Chamartín. Llegué a la estación de Ramón y Cajal a las 8:00 (mi hora de entrada). Fui andando a paso ligero y fiché en el ascensor a las 8:08. Estaba sudando, se me había olvidado quitarme la sudadera, y el calor de este verano adelantado ya era notable.
Antes de entrar a la oficina pensé en cuál sería mi primera frase de la semana. Elegí la siguiente: «Una hora y treinta minutos en llegar al curro, es que yo me cago en la puta, en Isabel Díaz Ayuso, en Almeida y en su puta madre». No la llegué a verbalizar, porque cuando entré en la oficina nadie se giró ni se percató de mi presencia. Me pareció raro, pero era lunes y, a lo mejor, mis compañeros habían tenido un fin de semana movidito. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya había alguien sentado en mi sitio. ¿Ya habían contratado al nuevo? Me acerqué hacia mi mesa y la persona que estaba ocupando mi sitio era… yo.
Así empezaba el texto que iba a escribir esta semana, pero no he sido capaz de continuarlo. La idea era jugar con esa imagen de un doble de mí mismo para hablar del proceso de adaptación post mudanza. Un juego de espejos, en el que, por un tiempo, coexistían dos versiones de mí: la que se había instalado en mi nueva casa en Vistalegre y la que se negaba a abandonar mi antigua casa en Plaza Elíptica. El final que había ideado era un poco cursi, algo así como un encuentro final en el que yo le decía a mi otro yo que era hora de irse, y caminábamos juntos de la mano hacia nuestra nueva vida. También barajé una versión más gore, en la que nos enfrentábamos en una sanguinolenta batalla de la que sólo uno podía salir vivo. Pero eso da igual, porque esa historia se va a quedar como un boceto que nunca —o al menos no por ahora— saldrá a la luz.
Para escribir necesito cierta rutina, sobre todo cuando me enfrento a un texto de ficción (desde que estudié el máster de guion soy un esclavo de la estructura). No quiero decir con esto que tenga que ponerme a escribir a una hora concreta del día, o que tenga alguna especie de método infalible, pero sí que necesito que mi vida esté ligeramente ordenada. Y, por ahora, no lo está. Me pasa algo parecido cuando estoy triste. No comparto en absoluto esa idea macabra de que la tristeza es un motor creativo, para mí la tristeza es un camión que me deja impreso como un parche en el sofá.
Una de las posibles causas de estos días poco prolíficos es que todavía no tengo un escritorio en mi habitación, y ocupar los espacios comunes de mi nueva casa para escribir me resulta incómodo (no tengo la suficiente confianza con mis compañeros de piso). Por otro lado, uno de los recursos que siempre me han resultado efectivos para superar el bloqueo creativo es salir a pasear. Pero me he dado cuenta de que si no conozco los lugares por los que estoy caminando, esto no me sirve de nada. Para que la inspiración venga necesito saber hacia dónde voy. Y en mi nuevo barrio voy de un lado a otro como pollo sin cabeza. Todas las calles son iguales y cada dos minutos mi cabeza se pregunta: «¿Dónde cojones estoy?».
Igual podría escribir sobre la relación entre la escritura y el caminar. Me lo apunto para un próximo post, ahora mismo no me apetece. Si os interesa, creo que Esther García Llovet hablaba sobre esto en el podcast Hotel Jorge Juan (es una tía interesantísima). Yo también tuve una conversación acerca de esa relación el otro día en una terraza. Todos los integrantes de la mesa estábamos de acuerdo en que caminar te abre las puertas a las ideas más locas, que, luego, una vez frente al portátil necesitan ser bajadas a tierra, y sobre todo, ordenadas para que tengan cierto sentido. Caminar: el mundo de las ideas de Platón. El portátil: el mundo sensible.
No voy a alargarme mucho más, este será un post corto, de transición. Solo voy a enumerar algunos hallazgos que he hecho estos días, sobre escritura y sobre otras cosas sin importancia:
General Ricardos es una calle interminable y feísima. Una calle a evitar si lo que quieres es salir de un bloqueo creativo.
Echo de menos estar a quince minutos andando de Madrid Río. Lugar ideal para salir de un bloqueo creativo.
Me gusta tener terraza en mi nuevo piso, pero me da miedo no poder dejar de fumar nunca.
Este mes me he visto sólo dos películas. Nobody Knows de Kooreda y El caballero oscuro: la leyenda renace de Nolan. Me pregunto si esto también ha podido influenciar en mi estancamiento creativo.
Creo que la historia del doble de mí mismo surgió porque estoy leyendo Lunar Park de Bret Easton Ellis, que no va a de eso en realidad, pero un poco sí. La historia gira en torno a un escritor totalmente perdido, el propio Easton Ellis, que se obsesiona con una serie de sucesos de los que sólo él se da cuenta. Cuando me quedo sin ideas tengo cierta tendencia al plagio.
He descubierto el podcast Las noches de Ortega y os lo recomiendo encarecidamente si os queréis reír un rato.
El miércoles fue el primer día de ensayo del monólogo que estreno en junio, y me di cuenta de que sí que soy capaz de dirigir, y que, de hecho, puede llegar a gustarme.
Que mi post Dos semanas para el fin del mundo tuviera cierto éxito me hace sentirme un poco impostor —aunque también me hiciera ilusión, no voy a ser hipócrita—. Esta cuenta me la abrí para tener un espacio en el que escribir sin juzgarme, y últimamente no lo estoy terminando de conseguir. (Pero seguid leyéndome por favor).
Me da ansiedad ver escenas de fiesta en ficción (esto ya lo sabía de antes pero lo corroboré viendo el primer capítulo de la serie Yo siempre a veces, producida por Suma Content).
Me da miedo que no se me ocurra nada sobre lo que escribir en las próximas semanas.


